martes, 17 de julio de 2012

Evangelio de hoy miércoles 18/07/2012

Miércoles XV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».



Breve reflexión por: José Gilberto B. L.

¿Cuántos hay en el mundo que se jactan de tener la ciencia perfecta? ¿Cuántos declaran con gran arrogancia que tienen el suficiente conocimiento de las cosas para esclarecer todos los enigmas existentes? En mi opinión todos los que se cataloguen así tienen, en principio, un grave error; olvidar su condición de seres imperfectos que los hace suseptibles a cometer errores en sus hipótesis sobre cualquier tema relevante. Aunado a eso, la soberbia y el orgullo, comunes en ellos, son características que hacen casi imposible alcanzar la verdad de las cosas, y por ende, la sabiduría.
El evangelista san Mateo, nos regala esta vez unos versos de la hermosa oración que el Señor Jesús hizo al Padre, luego del reclamo que dirigió a varias de las ciudades donde había predicado la Buena Noticia y había realizado prodigios, y aún así, no se habían convertido. En dicha oración Jesús bendice al Padre por haber tomado la firme determinación de ocultar su misterio de salvación, realizada por su Hijo Jesucristo, a los supuestos sabios judios y haberlo revelado a los pobres y excluidos de Israel; estos últimos, por su sencillez y humildad, únicos capaces de descubrir a Jesús como el mesías y salvador.
¿Nosotros, en qué condiciones estamos? ¿No será que por nuestro alto nivel de estudios o status social nos sentimos superiores y capaces de dar supuesta razón de todo? De ser así, ¿Qué nos hace diferentes a los judios que, en aquella ocasión, rechazaron a Cristo? Hagamos un esfuerzo por cultivar la humildad y sencillez de corazón, para que así, libres de soberbia, podamos abrir la razón a la verdadera sabiduría suprema que sólo el Espíritu Santo puede darnos.

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