domingo, 18 de septiembre de 2011

La muerte y la vida y su reciprocidad


Por: José Gilberto Ballinas Lara
Maestrante en Psicología del Adolescente

Estrictamente hablando podríamos dudar de todas las cosas, pues se desconoce con certeza lo que ellas son; pero tenemos certeza de una, la muerte, ya que somos conscientes de que llegará irremediablemente.
La pregunta sobre la muerte es tan antigua y tan actual y una de las más esenciales, ya que en la medida que se trata de responder a su misterio se responden otras tantas interrogantes importantes para el hombre.
Existen distintas definiciones sobre la muerte. Etimológicamente proviene del latín mors mortis- cesación de la vida. La principal y más aceptada definición es la puramente biológica, teniendo a la muerte como un simple fenómeno biológico que expresa el fin natural de las funciones vitales de un organismo hasta entonces vivo.
En general existen dos posturas de pensamiento en relación a la muerte. La primera, de carácter negativa, argumenta que la muerte es la ausencia radical de la vida. La segunda, argumenta que la muerte es únicamente un medio que lleva a otro nivel o dimensión de la vida, es decir, la vida prolongada.
Si consideramos la muerte en su definición negativa como ausencia de vida, tenemos que decir, también, que la muerte misma la supone, de otro modo no tendría sentido hablar de muerte si antes no se vivió.
En este punto, me permito enfocar mi breve reflexión sobre la muerte en relación a la vida y viceversa.
Si la muerte supone la vida, como he aclarado anteriormente, tal afirmación nos habla de la necesidad de una por la otra, de una reciprocidad entre ambas. No debe, ni es racional ni objetivamente aceptable, desligarse una de la otra. La vida es la realidad más esencial para poder llegar al misterio de la muerte. Vivir es el elemento necesario para morir.
Para alguien que se siente confrontado a pensar en la realidad de la muerte, tiene que reflexionar, antes, necesariamente sobre la vida, lo que ella es, su razón de ser y finalidad. Sólo de este modo podrá tener más elementos para afrontar el misterio de la muerte.
Concluyo mi breve reflexión diciendo que para pensar en morir, antes tenemos que tener muy en claro que hay que pensar en la vida y más aún, llevar nuestras reflexiones a la práctica, lo que es igual a vivir, de modo que no se queden en puras abstracciones sin sentido.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Reconocer la ignorancia para buscar las verdades esenciales


Por: José Gilberto Ballinas Lara
(Maestrante)

Sócrates examinando a sus interlocutores.
Cuántos hay en el mundo de hoy que se hacen pasar por grandes sabios y doctos afirmando que han alcanzado un nivel de saber suficiente, el cual les permite acceder totalmente al conocimiento de la verdad absoluta.
Algunos, valiéndose de títulos profesionales, que muchas veces obtienen sin un verdadero estudio y esfuerzo previo, se hacen notar en las masas haciendo uso de argumentos científicos y otros tantos, con aparente línea racional, que no son más que discursos que no superan el plano de un conocimiento, hasta cierto punto normal.
Quiero destacar que las ciencias particulares ofrecen un conocimiento que, si bien ha descubierto un sin número de resultados que desentrañan muchos de los misterios de la naturaleza mediante el estudio y análisis de los fenómenos que en ella se manifiestan, está claro que no definen estrictamente hablando cuál es la causa definitiva de toda la realidad.
Los discursos de estos supuestos sabios sorprenden a muchos, debido al desconocimiento que estos últimos tienen de las verdades superiores y absolutas que son especialmente materia, principalmente, de la ciencia filosófica.
Quizá el error principal podría consistir en que estos personajes, que también desconocen las verdades esenciales y absolutas, llegan a sus conclusiones suponiendo tales verdades, se dejan impresionar por los fenómenos que la multiplicidad de cosas les ofrecen a simple vista y eso hace que no descubran, en último término, los elementos esenciales de las mismas.
El gran filósofo Sócrates, alagado por muchos otros filósofos, de quien tenemos conocimiento por medio de Platón, para indagar sobre las verdades fundantes proponía deshacerse de los supuestos y de la realidad fenomenológica, reconocer la ignorancia, e ir a fondo mediante las preguntas sobre la esencia de las cosas, teniendo como punto de partida el conocimiento de uno mismo "Era consciente de que yo, por así decirlo, no sabía nada" (PLATÓN. Apología de Sócrates)
En este sentido, cuánto bien haría a todos el reconocer que de la realidad se desconoce más de lo que se conoce y con la ayuda de todos los tipos de conocimiento (empírico, científico, racional y el conocimiento por la fe) ir construyendo verdaderos esquemas sobre la base sólida del conjunto de los mismos y así tener más posibilidades de acercarnos realmente a la verdad de las cosas, las verdades esenciales.

Llamados a ser presencia de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia


Por: José Gilberto Ballinas Lara

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). En estos términos Cristo Nuestro Señor se dio a conocer a los presentes en la Sinagoga de Nazaret, según nos narra el evangelista San Lucas.

Tales expresiones nos recuerdan la realidad de Cristo como aquél del cual los profetas habían hablado que tenía que venir como ungido y enviado del Padre. Cristo se revela así mismo como el Mesías sacerdote, profeta y rey.

En su gran amor, Cristo ha querido participar de su ser a la Iglesia, ya que por medio del Bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes. Sin embargo, la confiere de modo muy especial a quienes están llamados al Ministerio Ordenado, ellos, por los méritos de Cristo y en virtud de una efusión Pascual del Espíritu Santo, reciben el Sacerdocio Ministerial para ser enviados a continuar el ministerio de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

Así pues, los que reciben el Don del Sacerdocio Ministerial están llamados a ser presencia sacramental de Cristo, proclamar con autoridad la Buena Noticia del Evangelio, administrar los Sacramentos y apacentar al Pueblo de Dios.

Nuestra Arquidiócesis de Tuxtla ha tenido la bendición de Dios de recibir a dos nuevos Presbíteros: Juan Sánchez Hernández e Hidalgo Hernández Ruíz. A ellos les ha sido conferido el Sacerdocio Ministerial de Cristo. Tienen ahora la tarea de ser, para la Iglesia de Tuxtla, presencia de Cristo Cabeza y Pastor.

Por otro lado, las “Reliquias de Juan Pablo II” llegarán a Tuxtla este 04 de octubre. Este es un acontecimiento eclesial de gran importancia. Los fieles podrán contemplar las reliquias del Beato Juan Pablo II, un Pastor de la Iglesia Universal que dejó huella en el mundo y, especialmente, en nuestro país por el testimonio ejemplar de vida y por haber sido presencia viva de Cristo.

Pidamos al Beato Juan Pablo II por todos nuestros sacerdotes, y en especial por el presbiterio de nuestra Arquidiócesis de Tuxtla, para que, por su intercesión, Cristo los fortalezca en sus fatigas pastorales y los haga ser, cada vez más, presencia suya en medio de nosotros.

martes, 13 de septiembre de 2011

Hacer de la vida una constante entrega al otro favoreciendo la comunión

José Gilberto Ballinas Lara
(Maestrante: Filósofo, comunicador y psicólogo)

La familia es una realidad que ha ido perdiendo muchos de sus elementos constitutivos. En esta ocasión trataré un poco el aspecto de su finalidad, misma que se ha ido distorsionando con el paso del tiempo.
La familia ha sido y continúa siendo un tema muy importante para la humanidad. Basta contemplar que la existencia del ser humano la supone. La familia es una condición necesaria e inherente al hombre, pues no se entendería cómo ha llegado el hombre a subsistir y, más aún, a irse desarrollando a lo largo del tiempo.
Por otro lado, la familia se concibe como un todo en medio de toda la realidad. Está formada de personas y no sólo de individuos, tiene como una de sus características el estar constituida por la unión, en sentido estricto, de un hombre y una mujer, del cual los hijos son el fruto.
Vista así, la familia puede entenderse también como una comunidad de personas que aporta, en todos los sentidos, una riqueza incalculable al mundo. Sin embargo, hoy en día ha sido atacada por distintas corrientes de pensamiento que la han llevado a una desmesurada reducción de su ser y por ende de su finalidad.
¿Cuál es la finalidad de la familia? Bueno, si la familia es ese todo bien constituido y formado de personas que comparten una unión radical de su ser, la finalidad de la misma gira en torno a hacer patente esa unión  con la misma vida, o hacer de la vida una constante entrega al otro favoreciendo la comunión.
Ahora bien, está claro que no es tarea fácil llevar a cabo dicha finalidad. La realidad muchas veces invita a deshacer la unión familiar valiéndose de múltiples factores, principalmente externos. Es necesario, pues, ahondar en aquello que fundamenta la unión radical y la puede sostener.
Hay una sola realidad capaz de dar razón última a la unión de un hombre y una mujer, y esa razón es el amor. No cualquier amor, sino, el amor en su sentido pleno, ese que se da y se entrega al otro radicalmente hablando y sin esperar recompensa alguna. Este amor que los unió desde el principio será, si es cultivado, el que supere las insidias que intenten fragmentar la unión familiar.
Si se permanece en el amor nada podrá eliminar la unión del hombre y la mujer, y, en consecuencia, la familia será gradualmente lo que le corresponde ser, más familia, y con ello alcanzará definitivamente su finalidad, ser signo de unión plena fundamentada en el amor.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Comunicar siempre buenas noticias

Comuniquemos siempre buenas noticias

Por: José Gilberto Ballinas Lara

Cuando nos comunicamos, lo hacemos por la necesidad que tenemos de entrar en relación con las personas. Al relacionarnos solemos dar a conocer algo de nosotros o situaciones  que a nosotros nos parecen de mucha importancia y que puede serlo para los demás. Así, podemos anunciar un acontecimiento o suceso que debido a su “relevancia” marque para bien la vida de una persona o una sociedad entera, o por el contrario la destruya.

Es importante reconocer que toda comunicación responde a una inquietud natural que tenemos de salir de nosotros, de ser comprendidos y amados. Afirma el Papa Benedicto XVI: “Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en nuestra propia naturaleza humana y no puede comprenderse adecuadamente sólo como una respuesta a las innovaciones tecnológicas. A la luz del mensaje bíblico, ha de entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión”.(Jornada de las comunicaciones 2009).

También hay otros campos de la comunicación que  con todos los avances tecnológicos con los que cuenta el ser humano, podemos constatar que a cada momento se nos informan muchas cosas y de distintas maneras, tantas que a veces uno se pierde en el laberinto de tantos datos. No faltará incluso quien se pregunte  qué tan veraz puede ser la información que se nos transmite, pues no es extraño que el que hable quiera manipularla a su antojo, o informe de aquellos acontecimientos noticiosos que aún cuando sean ciertos  son motivo de escándalo e indignación.

Son muchos los medios masivos de comunicación, que en un afán por obtener la supremacía sobre los demás optan por manejar la información conforme a sus intereses. En todo acto comunicativo cuentan no sólo quienes informan sino también aquellos que reciben los datos que se les entregan. El destinatario queda desprotegido ante la imposibilidad de comprobar si aquello que le dicen es cierto. Es el destinatario quien carece, en este caso, de interés para el comunicador.

Qué importante es darle  la justa medida  a cada uno de los que entran en juego en la comunicación: el que habla y el que escucha. Hay un riesgo de que el que hable abuse  del poder que da el micrófono. El público, en cierta medida está en desventaja y las consecuencias que de ahí se derivan pueden afectar la paz y la amistad social: “Por lo tanto, quienes se ocupan del sector de la producción y difusión de contenidos de los nuevos medios, han de comprometerse a respetar la dignidad y el valor de la persona humana. Si las nuevas tecnologías deben servir para el bien de los individuos y de la sociedad, quienes las usan deben evitar compartir palabras e imágenes degradantes para el ser humano, y excluir por tanto lo que alimenta el odio y la intolerancia, envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e indefensos” (Benedicto XVI, Jornada de las comunicaciones 2009).

Jesucristo, a quien predicamos  los cristianos, fue en su tiempo una persona que anunció un mensaje marcado por el amor a  la persona humana. Sus palabras tenían  sentido de justicia, de verdad y de bien. Puso por delante al destinatario de su anuncio, y  buscó en todo momento que su “Buena noticia” fuera eso, buena, enriquecedora, dadora de esperanza. Más aún, Jesucristo envió a sus discípulos a llevar esa buena noticia a todos los hombres, precisamente porque Él como “anunciante” sabía que era portador de una noticia real y verdadera, hasta “salvífica” y que esa buena nueva  sería de relevancia para toda la humanidad.

En nuestro caso particular, ¿cómo nos comunicamos? ¿Cómo manifestamos la noticia a los demás? ¿Buscamos  el mejor medio para hacerla llegar?, ¿nos fijamos en los posibles destinatarios, dándoles la importancia que merecen? Más aún, ¿pensamos  que la noticia que divulgamos es verdadera, legítima y “relevante” para los demás como lo es para nosotros? Tomemos en cuenta los elementos que intervienen en todo anuncio y  démosle importancia a lo  que vamos a transmitir, a quien está dirigido  y con qué fin lo estamos haciendo.
Hay algo muy importante en  el anuncio y es que se compromete la propia vida. Es digno de admirar a tantos periodistas que han sido asesinados por decir la verdad. En la historia de la Iglesia muchos han sido perseguidos e inmolados por testimoniarla.  El testigo veraz será siempre mártir. Afirma el Papa Benedicto XVI: “La participación en la misión de Cristo, en efecto, marca también la vida de los anunciadores del Evangelio, para quienes está reservado el mismo destino de su Maestro. “Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15,20). La Iglesia sigue el mismo camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica humana o contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañera de viaje de esta humanidad” (Mensaje en día de las misiones 2009).

Hagamos cada vez más conciencia sobre  la calidad que deben tener nuestros mensajes y veremos en consecuencia cómo los frutos se incrementan. Comuniquemos siempre buenas noticias.



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