lunes, 12 de septiembre de 2011

Comunicar siempre buenas noticias

Comuniquemos siempre buenas noticias

Por: José Gilberto Ballinas Lara

Cuando nos comunicamos, lo hacemos por la necesidad que tenemos de entrar en relación con las personas. Al relacionarnos solemos dar a conocer algo de nosotros o situaciones  que a nosotros nos parecen de mucha importancia y que puede serlo para los demás. Así, podemos anunciar un acontecimiento o suceso que debido a su “relevancia” marque para bien la vida de una persona o una sociedad entera, o por el contrario la destruya.

Es importante reconocer que toda comunicación responde a una inquietud natural que tenemos de salir de nosotros, de ser comprendidos y amados. Afirma el Papa Benedicto XVI: “Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en nuestra propia naturaleza humana y no puede comprenderse adecuadamente sólo como una respuesta a las innovaciones tecnológicas. A la luz del mensaje bíblico, ha de entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión”.(Jornada de las comunicaciones 2009).

También hay otros campos de la comunicación que  con todos los avances tecnológicos con los que cuenta el ser humano, podemos constatar que a cada momento se nos informan muchas cosas y de distintas maneras, tantas que a veces uno se pierde en el laberinto de tantos datos. No faltará incluso quien se pregunte  qué tan veraz puede ser la información que se nos transmite, pues no es extraño que el que hable quiera manipularla a su antojo, o informe de aquellos acontecimientos noticiosos que aún cuando sean ciertos  son motivo de escándalo e indignación.

Son muchos los medios masivos de comunicación, que en un afán por obtener la supremacía sobre los demás optan por manejar la información conforme a sus intereses. En todo acto comunicativo cuentan no sólo quienes informan sino también aquellos que reciben los datos que se les entregan. El destinatario queda desprotegido ante la imposibilidad de comprobar si aquello que le dicen es cierto. Es el destinatario quien carece, en este caso, de interés para el comunicador.

Qué importante es darle  la justa medida  a cada uno de los que entran en juego en la comunicación: el que habla y el que escucha. Hay un riesgo de que el que hable abuse  del poder que da el micrófono. El público, en cierta medida está en desventaja y las consecuencias que de ahí se derivan pueden afectar la paz y la amistad social: “Por lo tanto, quienes se ocupan del sector de la producción y difusión de contenidos de los nuevos medios, han de comprometerse a respetar la dignidad y el valor de la persona humana. Si las nuevas tecnologías deben servir para el bien de los individuos y de la sociedad, quienes las usan deben evitar compartir palabras e imágenes degradantes para el ser humano, y excluir por tanto lo que alimenta el odio y la intolerancia, envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e indefensos” (Benedicto XVI, Jornada de las comunicaciones 2009).

Jesucristo, a quien predicamos  los cristianos, fue en su tiempo una persona que anunció un mensaje marcado por el amor a  la persona humana. Sus palabras tenían  sentido de justicia, de verdad y de bien. Puso por delante al destinatario de su anuncio, y  buscó en todo momento que su “Buena noticia” fuera eso, buena, enriquecedora, dadora de esperanza. Más aún, Jesucristo envió a sus discípulos a llevar esa buena noticia a todos los hombres, precisamente porque Él como “anunciante” sabía que era portador de una noticia real y verdadera, hasta “salvífica” y que esa buena nueva  sería de relevancia para toda la humanidad.

En nuestro caso particular, ¿cómo nos comunicamos? ¿Cómo manifestamos la noticia a los demás? ¿Buscamos  el mejor medio para hacerla llegar?, ¿nos fijamos en los posibles destinatarios, dándoles la importancia que merecen? Más aún, ¿pensamos  que la noticia que divulgamos es verdadera, legítima y “relevante” para los demás como lo es para nosotros? Tomemos en cuenta los elementos que intervienen en todo anuncio y  démosle importancia a lo  que vamos a transmitir, a quien está dirigido  y con qué fin lo estamos haciendo.
Hay algo muy importante en  el anuncio y es que se compromete la propia vida. Es digno de admirar a tantos periodistas que han sido asesinados por decir la verdad. En la historia de la Iglesia muchos han sido perseguidos e inmolados por testimoniarla.  El testigo veraz será siempre mártir. Afirma el Papa Benedicto XVI: “La participación en la misión de Cristo, en efecto, marca también la vida de los anunciadores del Evangelio, para quienes está reservado el mismo destino de su Maestro. “Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15,20). La Iglesia sigue el mismo camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica humana o contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañera de viaje de esta humanidad” (Mensaje en día de las misiones 2009).

Hagamos cada vez más conciencia sobre  la calidad que deben tener nuestros mensajes y veremos en consecuencia cómo los frutos se incrementan. Comuniquemos siempre buenas noticias.



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