viernes, 23 de septiembre de 2016

«¿Quién dice la gente que soy yo?» Evangelio de hoy

Texto del Evangelio (Lc. 9, 18-22) Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice  la gente que soy yo?»
Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había  resucitado.»
Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.»
Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»
                       
Para la reflexión
Por: José Gilberto Ballinas Lara

Amigas y amigos: Hoy es un hermoso día para descubrir al Señor en nuestras vidas, y en eso nos ayudarán los hermosos versos del evangelio de hoy.

Ayer leímos que Herodes intentó conocer a Jesús, pero no puedo hacerlo porque Él se retiró con sus apóstoles hacia otro lugar llamado Betsaida. Aún así muchos se enteraron y fueron a seguirlo. Cristo no desprecia a esa multitud, por el contrario, la acoge con amor: les hablaba sobre el Reino de los Cielos y sanaba a los enfermos. Por si fuera poco, obró un prodigio más a favor de todos ellos, les dio de comer multiplicando aquellos cinco panes y  dos peces. En este contexto sucede lo que los versos del evangelio de este día nos brindan para alimentarnos de la exquisita Palabra del Señor.

Así entonces, Cristo que se elevaba a su Padre mediante la oración profunda y acompañado de sus apóstoles les pregunta a éstos: “«¿Quién dice  la gente que soy yo?»” pregunta un tanto fácil si tomamos en cuenta que ellos acababan de ir a misionar, en nombre de Jesús, a distintos pueblos, recogiendo directamente las impresiones de las personas con quienes interactuaron. La respuesta de sus elegidos no se hizo esperar: “«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había  resucitado.»” Sin embargo, el Maestro va más allá haciéndoles la pregunta esencial y personal a sus elegidos: “«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»” A diferencia de la anterior esta interrogante es compleja y trascendente y su respuesta requiere de un ejercicio exhaustivo de reflexión de quien la responderá.

El texto de Lucas no lo especifica pero seguramente que todos se habrán quedado atónitos y desconcertados por la segunda pregunta de su Maestro. Tanto fue así que el único que responde y de manera acertada es el apóstol Pedro, seguramente inspirado por el Espíritu Santo. Sólo Pedro reconoció la condición mesiánica de Jesús y Cristo mismo reafirma la respuesta del apóstol al descubrirles “«El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»”.

En mi breve y humilde reflexión de ayer dije que el mundo se encuentra en una crisis existencial y, sobre todo, de fe en Dios. Hoy el hombre quiere asumir una condición
superior a la que le corresponde, ya que se está colocando como el punto de partida para la explicación de todas las realidades, entre ellas, la vida y la muerte, el amor, la dimensión sexual de la persona, etc. Ante este panorama Cristo nos pregunta ahora, a nosotros que le hemos conocido y le seguimos, “«¿Quién dice  la gente que soy yo?»” y seguramente podremos responderle que para gran parte del mundo Él es un mito, o una auténtica mentira. Sin embargo, al igual que como lo hizo con aquellos apóstoles, hoy también nos lanza aquella segunda pregunta que, como dije, desconcertó a sus seguidores “«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»”


Para poder responder a esta cuestión tenemos que hacer un alto a nuestra vida, y, en medio de la oración a Dios, descubrir quién es Él para cada uno de nosotros, y si descubrimos que no podemos responder como lo hizo Pedro, pidamos la ayuda del Espíritu Santo para comprender mejor nuestro ser de Cristianos y a partir de entonces hacer lo necesario (Fortalecernos con la lectura reflexiva de la Palabra de Dios, la participación asidua en los Santos Sacramentos, profundizar la vida de oración y prácticas de piedad, etc.) para redescubrir al Señor en nuestra vida y, a diferencia de aquel tiempo cuando Cristo les ordenó no decir a nadie su condición mesiánica, hoy salgamos convencidos de nuestra fe a dar testimonio de Jesús en este mundo en decadencia.

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