Texto del Evangelio (Mt 10,34--11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Pequeña Reflexión por: José Gilberto B. L.
Las consecuencias del anuncio del Evangelio son innumerablemente superiores a los que nos podemos imaginar. El evangelista san Mateo nos pone, en esta ocasión, frente a unas declaraciones del Señor Jesús que, a primera vista, pueden parecer escandalosas «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Debemos tener en cuenta que el Evangelio tiene una visión superior de la justicia y la paz, diferente a cómo las consive el mundo.
Los seres humanos somos imperfectos y debido a esa condición tendemos a caer en errores al realizar juicios en cuanto a las acciones de los demás. Las leyes en el mundo muchas veces son injustas y en vez de traer la paz provocan nuevos conflictos. Esta situación también se refleja hasta en el interior de las familias.
Cristo exige la radicalidad en la respuesta a su seguimiento. Pide tomar la cruz y seguirlo incluso hasta dar la vida por Él. Esa condición de enemistad entre unos y otros se entiende, ya que, cuando un discípulo decide seguir el camino del señor, lo debe hacer radicalmente, sabedor de las renuncias que tendrá que realizar por dicha elección. También podrían haber descalificaciones y oposiciones por porte de muchos, hasta de sus mismos familiares. Eso y más puede provocar el evangelio.
Pidamos al Señor que nos ilumine con su Santo Espíritu, para que descubriendo el gran amor que nos tienen, nos ayude a decidirnos de una buena vez a tomar nuestra cruz, y por más pesada que parezca, nos aferremos a élla hasta, incluso, dar la vida. De ese modo, con la gracia santificante de Cristo, podremos ser dignos de su infinita misericordia.

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